Llevo a mi sobrina a la calesita del barrio,
la misma en donde años atrás ah refrescado mi rostro el viento dulce que acariciaba mi pelo mientras giraba y giraba en mi inmensa alegría. Una mano en alto esperaba atrapar ese anillo que me permitía volar un rato más antes de que mamá anunciara que debíamos irnos para cocinar. Y hoy creo que es por aquella estúpida excusa que detesto la cocina…
En estos momentos pienso que decirle a mi sobrina para irnos, sin que esto la condicione en sus deseos.
Se me hace tan difícil cuando recuerdo a la perfección todas aquellas anunciaciones que, sin intención alguna, me condicionaron pasivamente y corrompieron mi inocencia.
Mis mejores (o peores) recuerdos se dan en el Jardín de Infantes.
Bien los sentidos son tan engañosos, quizá termine creyéndome el recuerdo de un recuerdo de algo que me dijeron que había ocurrido… eso está claro.
De todas formas estoy muy convencida como para decir que en su mayoría son fieles a la realidad que he vivido.
Pero como dice Blake, ¿una firme convicción de que una cosa es así la hace así?
No creo, pero resulta una buena teoría de quien soy.
Capitulo I El Jardín de Infantes. (elefante enorme que cuida el jardin)
No recuerdo el nombre del lugar pero si recuerdo bien que escuchar la denominación: “infantes” me traía la imagen de un elefante al edificio. La ilustración que generé en mi cabeza, a la edad de 3 años, era de un inmenso animal gris, con grandes orejas y patas cuadradas, que me permitiría dormir sobre su lomo mientras cuidaría de mí con sus afilados cuernos durante la siesta, si así lo deseaba.
Jamás había visto nada semejante, ¿pero que más podría ser un infante?
La salita de 3 años era salita rosa, recuerdos los diminutos banquitos metálicos fríos en donde nos hicieron sentar el primer día, cual banco de acusados, en donde debíamos portarnos bien, callarnos, y mostrar respeto, como prueba de la educación impecable que nuestros padres nos habían impuesto. O sea, miedo.
Decadentes, como era de esperarse, a los pocos instantes comenzó un griterío demencial de piojos y mocos chorreando por las paredes. Las manos se alzáron esperando atrapar la única seguridad que nos correspondía: mamá.
Entre tantas piernas jirafantescas jamás podía diferenciar a nadie, por lo cuál advertía el peligro, mi soledad y reconocía la muerte, ¡momentos de pánico!
Pero a mamá nada de esto le importaba, o le parecía bastante "normal", y se iba alejando con frases tan absurdas y reiterativas como: Voy a comprar, ya vengo, voy al baño, etc.
Para mí, luego de usarlas al menos una vez, se convertían en símbolo inmediato de abandono.
Naturalmente al rato se me pasaba el llanto y me consolaba notar a mi alrededor un abandono colectivo. También llegaba a pensar que no la necesitaba más (ojos que no ven, corazón que no siente).
Entre las actividades varias que realizábamos siempre, la que más detestaba era jugar con los toc-toc.
Sí. Era el instrumento más despreciable que podían otorgarme para hacer música. Ruido seco y molesto. Había miles y todos sacudiéndolos y chocándolos una y otra vez sin parar.
Yo no sabía en su momento lo que una “secta” significaba, pero bien hoy creo que algo por el estilo relacionaba yo en ese momento con esta actividad, un grupo de gente que especulaba contra nosotros a través de esos instrumentos, “la secta siestaria” podría llamarla, ya que era imposible no terminar rendido a la almohada luego de que esos palos nos hicieran sangrar los oídos. No paraban de golpearlos y golpearlos y golpearlos para volvernos dementes o abatidos.
Yo no era una persona autista (como si lo eran otras compañeritas) pero esas cosas me eran intolerantes y prefería alejarme.
Me gustaba ver a través de la ventana del patio que estaba decorada con flores de papel e imágenes de revistas. Me quedaba mirando el cielo y los juegos que se veían tan altos y peligrosos, ¡que realmente los eran! y la huerta en el pasillo que embellecía con su verde natural la descascarada pared del colegio de alado.
Que inútil me creía para cuidar la huerta. ¿Cómo sabían dónde cavar? ¿Cómo sabían que sembrar? ¿Y cuanta agua poner? Tantas responsabilidades me hacían sentir deficiente, ¡me frustraba! No sabía todas esas cosas y no creía tener la capacidad de poder recordarlas en el caso de que me las anunciaran. Me compadecía mirando, solo mirando... esperando algún día saber como hacerlo, saberlo todo.

